jueves, 8 de junio de 2017

DE LA PANTALLA VI 8 17

Puerta de pasión
(Jorge Arturo Díaz Reyes)

La presidencia pagó en dos cuotas una puerta grande que la furiosa mayoría le había cobrado de contado. Los núñez de los Lozano, con defectos y virtudes, mantuvieron la plaza en vilo. Juan les puso el corazón, El Cid su nítida muleta y Adame su indiferencia.         

Con un remiendo de la misma tela, los de Alcurrucén hicieron salidas tímidas, luego sacaron malos modales en los primeros tercios. Refrenando, desatendiendo capotes, escupiéndose, yendo de caballo a caballo, deambulando, esperando y recortando banderilleros. Pero luego, unos más otros menos, todos arrancaron a la muleta de largo y la buscaron con saña y ansias de tomar el mando. Así el segundo se rajara pronto, el quinto se abriera de la suerte, y el sexto tirara con aspereza, la sensación de peligro y la emoción fueron la constate.

Corrida bien presentada, pareja de tipo y juego. Con dificultades, como debe ser. Se ovacionó el cuarto y de no haber estado casi todos abroncando al palco seguramente lo hubiesen hecho con el tercero también, pues ambos fueron a más.

No había pasado nada con los dos primeros. Licenciado remoloneó en el túnel frenó en seco sus primeros viajes y ya nadie daba nada por la tarde. Pero con decisión Álamo le obligó a cuatro verónicas y media que no parecían posibles. Actitud era la clave. Fue cuatro veces a los petos. La primera de refilón en la puerta y las otras en contra querencia.

Los autoritarios doblones a los medios comenzaron a quitarle las ínfulas. Cinco por la diestra y pecho, buenas. Cinco por la izquierda, trincherazo, farol, natural y obligado, mejores. Más por el mismo pitón, ligando, templando, cargando, y Las Ventas a toda caldera, como cuando se encaprichan con un torero. Que no es raro. Dos ayudados genuflexos, una trincherilla y un pase de pecho igualan con lujo. En corto y por derecho una estocada en la yema. Muerte de Bravo, resistida y con aplausos. La tormenta de pañuelo y voces.

Don Trinidad López-Pastor se repantiga en su curul y espera hasta el enganche para que no le pida la segunda. No la da y se forma la de Dios es Cristo. Si siempre fuera así, piensa uno. Pero no y no. Dos vueltas al ruedo, y más bronca como diciéndole a Usía –Esta te la cobramos en el sexto— 

Y así fue. La faena vehemente y atropellada, con dos desarmes y una estocada desprendida recibió la oreja en disputa y la visa para la Puerta que era el asunto.

El Cid, le sacó al cuarto su famosa muleta y de adelante atrás, en redondo, barriendo arena, templó cinco tandas, de a cuatro y cinco, limpias, dibujadas, hiladas, de lado y lado, con una compostura y austeridad hieráticas que se adueñaron del toro, pero no del tendido, que pensaba en otras cosas. Fueron lo mejor. El pinchazo y la estocada recibieron un saludo protocolario. El asunto era con el palco. 

Adame no quiso. No hay otra explicación para la displicente descolocación adoptada toda la tarde por el pequeño león de Aguascalientes  que hace doce días apostó aquí su vida con la misma tranquilidad con que aceptó los pitos hoy.

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