viernes, 2 de junio de 2017

DE LA PANTALLA VI 2 17

Ponce y los toros
(Jorge Arturo Díaz Reyes)

Gran corrida. Los galanes de Domingo Hernández con 614 kilos promedio y armamento pesado, atacaron de principio a fin, sin blanduras ni concesiones. Frente a ellos Enrique Ponce ha sentado cátedra torera, ha matado mal y el palco ha pegado un petardo.

El propio encierro para Madrid. Sin gran paridad, cierto, pero con una presentación individual irreprochable. Plenos de casta movieron su tonelaje sin desmayo acallando a los apóstoles del minitoro que les auguraban y quizás les deseaban lo peor. Unos con más nobleza, otros con mayor exigencia, pero todos peleando. El segundo y el quinto se fueron ovacionados. Es el toro que avala y da significado a las lidias. El que mide a los lidiadores.  

Casi treinta años de matador de toros, toda una época, su época, y el maestro parece mejor que nunca. Sabio y valeroso, sentido y veraz, artista y poderoso. A punto del paseíllo había declarado --Yo vengo a torear, a ser como soy— Lo cumplió, frente a dos toros de imponente trapío y distinto talante. Les pudo. Su actuación de hoy fue una explicación en la plaza suprema de qué es el toreo y qué es el torero.

Sus lances hasta los medios capturando a Libertino, el segundo, el quite por chicuelinas, esa larga pincelada desarmada y borrada con otra no menos larga, y luego la muleta dueña siempre de la embestida en derredor de su cintura, yendo por la derecha de lo redondo a lo circular, casi a la noria. No por esteticismo, por necesidad, pues el animal tendía a escapar de su fuerza de gravedad. 

El tiempo, la distancia, la altura y el ritmo justos. Los naturales, los obligados y los oportunos trincherazos. El hombre dominando toro y plaza, iguala con tres ayudados bajos, para rematar una obra maestra. El metisaca asoma una cuarta por el costillar derecho, seguido de una estocada de tardo efecto. Los más piden la oreja, los menos la pitan. La conceden y estalla la protesta para el palco, no para el torero que da vuelta celebrada. Devolvió sombreros al siete.

El cuarto, Rumbero, que arrancó una ovación de salida, tenía un par de sables y un genio áspero. Parecía que ni Ponce podría con él. Paso a paso, pase a pase, aguante tras aguante, fue imponiéndole gobierno, quitándole lo avieso y sometiéndole para en el final írsele encima de la cuna pendulando la muleta tras el cuerpo en un alarde inédito de su tauromaquia, más aún a estas venerables alturas de su carrera.

Pincha, le avisan, deja una estocada tendida incompleta por una tarascada alta, y la oreja que abre la puerta grande polariza de nuevo los ánimos. Pero eso es un asunto entre aficionados y presidencia. El toreo había pasado otra vez por Las Ventas.

Después de eso lo demás era lo de menos. David Mora no lució a la altura de sus toros ni de su cartel, aunque repitió saludo. Varea el confirmante tratado con tolerancia tampoco descifró sus dos problemas. La tarde fue de Ponce y los toros. ¡Ah! Y de su señoría don Jesús María Gómez Martín, el más mentado.       

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