domingo, 11 de junio de 2017

DE LA PANTALLA VI 11 17

Miura destiñe
(Jorge Arturo Díaz Reyes)

Con plaza casi llena y mucha expectativa, el cierre de la Feria de San Isidro ha sido tristón. Pese a que se ovacionaron dos faenas y los arrastres de dos sobreros; con otras divisas claro, que salieron por devolución de los inválidos titulares y los aventajaron en todo.    

Aunque cárdenos y cuatreños en común excepto uno, fueron disparejos. Anovillado el tercero, que fue protestado de salida, y de despedida como los demás. Flojos, mansos y sin su legendaria personalidad. El encierro de hoy empañó los buenos recuerdos recientes que tanta gente trajeron a Las Ventas esta tarde. Quizá el cuarto, por trapío y peligrosidad, se alejó menos de la leyenda familiar.

Torrijo pesaba 606 kilos, armado, alto, largo y bien comido. Con furia tomó el capote del pequeño Rafaelillo (más aún de rodillas), que al hilo de las tablas lo saludó con un farol, cuatro verónicas genuflexas, una de ellas con las dos en tierra, dos más de pie y una revolera de corto radio enroscando el toro en la cintura. Uno de los comienzos más vibrantes. La plaza rugió.

Luego, qué problema para llevarlo al peto de Collado. Encima se salió cuatro veces por sí solo y se dolió en banderillas. A tirones de muleta llegó a los medios, y cuando nadie creía, el murciano lo embarcó en dos tandas derechas, la segunda rematada muy airosa y aclamada con cambio de mano, natural y forzado de pecho. En el embroque del segundo viaje de la siguiente, el pitón derecho abandona la tela y puntea muslo y axila del torero que se libra por nada de caer a merced. El momento más Miura de la tarde sin duda. Evocó el trágico historial.

Rafael no cedió, descargado de la chaquetilla y dolorido, volvió a la cara, para una pelea desigual e injusta con mucho riesgo y ninguna opción de recompensa. El toro acortó el recorrido y amenazante se paraba bajo el brazo cada vez sin lograr acobardar al hombre. Él fue quien renunció, y mereció el desplante de rodillas. Media estocada sin puntilla y un saludo que no dice todo. Que no paga todo. 

También saludó Dávila Miura quien desde su retiro regresó a Madrid "solo para matar la corrida de su casa", pero por devoluciones no mató ninguno. Le tocaron los dos nobles reservas, el de Buenavista con el cual no se entendió ni a trapo ni a espada. Y el del Ventorrillo al que ligó y mató mejor, saludando quizá por última vez en esta plaza 

Rubén Pinar, cargó con las culpas del enojo que la presencia de su lote desató en los tendidos. Nada que hiciera sería celebrado. Además el juego defensivo fue de parte y parte. 

El público salió inconforme, los enemigos oficiosos de Miura, que los hay, tendrán tema y se harán lenguas. Pero que no pujen, porque 175 años de gloriosa historia no se pueden borrar con la desazón de una sola tarde por descolorida que haya sido. 

1 comentario:

  1. Si, pero en los toros es así, hoy desilusión con Miura, nunca esperada!

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