viernes, 26 de mayo de 2017

DE LA PANTALLA V 26 17

Pasaron cosas
(Jorge Arturo Díaz Reyes)

Se despidió de Madrid un torero herencia viva de la historia. Se le dio la vuelta a un bravo cinqueño tras faena que le honró y muerte que no mereció. Salieron seis toros encastados y otro que no se pudo saber. Tres hierros distintos. La plaza de bote en bote.

No se le dio importancia a la despedida de Francisco Rivera Ordóñez, un hombre a quien es imposible mirar sin evocar sus gloriosos ancestros; Niño de la Palma, Antonio Ordóñez, Luis Miguel Dominguín, su padre Paquirri… entre otros. Bueno, que no se la concedieran los demás es chocante, pero que no se la concediera él mismo es triste.

Sí, porque tramitó la corrida sin ilusiones. Como una más. No brindó a nadie. A su noble primero lo dejó pasar sin compromiso y con el cuarto solo dejó el recuerdo de tres pares al sesgo correctos y una honorable estocada. Lo que debió haber sido y no fue, quizá podría ser el epílogo de este adiós, y también el de su carrera que prometió tanto en principio.

El JandillaHebrea”, no pesó sino 527 kilos, pero todos eran de bravura. Pronto y codicioso atacó de largo los capotes, el caballo haciendo ovacionar a José Doblado, y los banderilleros. Desde las tablas se lanzó fiero a la muleta de Castella que clavado en los medios lo paso dos veces por pecho y espalda para ligarlo al compás de su repetición, casi en una misma suerte, con dos derechas, una trinchera y uno de pecho.

La faena fluyó redonda, en un mínimo terreno, por uno y otro pitón, y la plaza se volcó en ella, con todo. El pinchazo, la media espada ineficaz, la agonía, larga y el aviso vinieron a empañar uno de los momentos más luminosos de la feria.

Salió a la revancha el francés con el quinto y se lo devolvieron porque sí. El respetable sobrero de Salvador Domecq, muy enrazado y aspero le obligó a una pelea desasosegada, larga, salpicada de trompicones, banderazos y enganchones pero con el dramatismo del riesgo auténtico, pues ni el toro ni el hombre cedían. Querían abrirle la puerta grande y lo hubieran hechos si el valiente no pincha dos veces, pone un espadazo caído y oye dos avisos.

López Simón, tuvo un noble y ovacionado tercero al que ha debido cortarle las orejas y un bronco sexto que no lo dejó estar. Por otro lado, hubo más que frialdad con él en esta plaza que parece dispuesta a cancelar sus enamoramientos recientes, o por lo menos los que no se revaliden. 

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