martes, 16 de mayo de 2017

DE LA PANTALLA V 16 17

La ofrenda
(Jorge Arturo Díaz Reyes)


Quieto, plantado y arrimado. Sereno de principio a fin. Jugado entero sin el menor aspaviento, como si las cornadas atroces de las cuales ha sobrevivido no hubiesen logrado más que templar su valor. Como si no fueran dignas de recuerdo, así todos las tuviéramos presentes a cada trance de sus angustiosas lidias. Tremendo, sin tremendismo. Casi ausente la mirada, vertical el troncó y clavados los talones.

A Luchador, el más pesado de la tarde, 568 kilos, negro, enmorrrillado, astifino, poderoso y cinqueño como toda la corrida lo espera de rodillas, le cambia por la espalda para pasarlo dos veces en redondo y continuar de pie. Las primeras tandas fueron solo de a tres y el obligado remate porque no había más viajes. Después, el lagunajanda se coló, recortó y repitió cada vez menos. Las embestidas no traían emoción diferente a la incertidumbre y el miedo, acentuados por el estoico aguante. Cruce y muletazo, cruce y muletazo. Ofrecer el cuerpo a cambio de cada suerte. Por uno y otro pitón hasta el terco circular invertido que fue como una proclama.

Tres bernadinas en corto, impresionantes y un volapié sincero con estocada total, pero de tardo efecto por pasada. Cayó y se levantó. Un aviso, fuerte petición denegada de oreja y una vuelta que como siempre fue iniciada bajo algunos pitos disonantes. ¿Por qué? ¿Ya no valen acaso para la ortodoxia el estar por encima del toro, la lealtad y la verdad?

Fortes recorrió el ruedo sin trofeos, pero con la dignidad conferida por la ofrenda que le acaba de hacer a la plaza de Madrid, una vez más la apuesta de su vida. La mayoría lo sintió, lo entendió y lo aplaudió. Hasta yo que miro la feria desde tan lejos.   

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